Un sample evocador como una marea se funde con clandestinas gotas de lluvia de junio.
Veinte mil personas callan a la vez.
Dos guitarras, un bajo, una batería y una voz...
"What the fuck is this world running to?
You didn't leave a message
at least I could have heard your voice
one last time."

Huérfanos y perdidos se habían sentido muchos entonces al escuchar por primera vez esos once trozos de corazón negro que componen Ten, el primer album del grupo.
Y entre ellos yo. Forzadas melancolías adolescentes ayer, nostalgias treinteañeras ahora.
Nada como el grunge para resumir los sentimientos contrapuestos de la pubertad. La fuerza de la distorsión al servicio del pesimismo.

Varias (bastantes) horas antes de ese arranque ya estaba agarrado a la porción de catarsis musical que me correspondía a cambio de una entrada de 40 euros. Una valla de seguridad que partía en dos la platea, a cien metros de los micrófonos.
Más cerca, casi encima del escenario se apretujan jóvenes, que no habían nacido cuando el grupo lanzaba sus primeras canciones. "European Tour, 2007" reza la espalda de sus camisetas "Lisbon, Madrid, Venice.." Siglos hace cuando, me acompañaron a Venecia encerrados en un antiguo walkman, en el viaje de fin de curso del instituto.
Después de Porch, dos temas más... Vedder saca un papelito y lee "Estiamos muy contentos venir aquí"... Dos botellas de vino más tarde el vocalista dice en ingles "This is gonna be the best summer of your life". Bueno... al menos, no empezaría nada mal.
"Ooh, and all I taught her was everything
Ooh, I know she gave me all that she wore
And now my bitter hands chafe beneath the clouds
Of what was everything.
Oh, the pictures have all been washed in black, tattooed everything..."
Black. Sólo esa canción merece un concierto.
Una hora y cuarenta y cinco minutos. Nada más. Puro extasis grunge.
Hasta la próxima Eddie.